Hemos visto a lo largo de la historia que el patriarcado es reproducido y adaptado en el sistema capitalista y ambos se articulan de forma muy concreta con dos fenómenos que oprimen a las mujeres y disidencias de manera diferenciada: el imperialismo y el ascenso de la derecha.
Ambos fenómenos comparten una misma raíz material: la necesidad del capital de disciplinar, reprimir y oprimir cuerpos, territorios, trabajos remunerados y no remunerados para seguir sosteniendo la riqueza de unos cuantos.
El avance de esta ultraderecha y que el ataque caiga sobre las mujeres, las disidencias y las conquistas del feminismo no es secundario ni casual, es estratégico:
Nuestros cuerpos son la base de la reproducción de la fuerza de trabajo, pues esta no nace ni se renueva por sí sola; esta requiere de energía material y emocional, esto para que la fuerza de trabajo vuelva a la jornada productiva al día siguiente.
Nos encontramos en una encrucijada histórica. Pues a nivel global hemos visto el avance de la ultraderecha que busca restituir y blindar un orden social basado en la sobreexplotación, el autoritarismo, el racismo y la dominación patriarcal. Esto no surge en el vacío; si no son la respuesta desesperada del capital ante sus propias crisis estructurales y el agotamiento del consenso neoliberal.
Frente a la pérdida de legitimidad de las instituciones tradicionales, la ultraderecha ha desplegado una agenda de odio que señala a las mujeres, a las diversidades sexuales, a los pueblos originarios, a los migrantes, como los enemigos convenientes. Pues su objetivo es claro, fracturar la organización y unión de la clase trabajadora, disciplinando la fuerza laboral e imponiendo una restauración conservadora.
En el movimiento feminista, esta ofensiva busca desmantelar los derechos que se han conquistado tras décadas de lucha en las calles, ante ello debemos ser contundentes, la ultraderecha no es un fenómeno aislado del capitalismo, sino su brazo ejecutor más agresivo en momentos de crisis.
Por ello, el feminismo liberal, aquel que busca colocar a unas pocas mujeres en las cúpulas de poder, corporativas e instituciones mientras precariza a la inmensa mayoría, resulta insuficiente para contener la marea reaccionaria. Hoy, la única contención real contra el facismo y la ultraderecha es la organización de la clase trabajadora mediante un feminismo de clase, anticapitalista, antirracista y antiimperialista.
Como movimiento feminista, de mujeres organizadas, no debemos dejar, la lucha por la emancipación de las mujeres de la doble y triple explotación que vivimos actualmente frente al avance de la ultra requiere de la organización y la acción de las mujeres y disidencias, con autonomía política para acabar con la opresión y explotación de nuestros cuerpos. Frente a la agenda de despojo, las trabajadoras, campesinas, estudiantes, jubiladas, migrantes y disidencias debemos unificarnos en torno a un programa político de combate.
Necesitamos un programa propio, de clase, un programa que vaya más allá de los reconocimientos de ciertos derechos, donde esas conquistas de nuestros derechos democráticos fundamentales si como un medio, pero no como un fin último, si no en el camino ir construyendo fuerza política en las calles de manera organizada para impulsar un cambio social integral para derrotar al sistema económico, político y social capitalista e imperialista.
Un programa de clase no cobra vida en los despachos parlamentarios ni en las mesas de negociación. No olvidemos de dónde vienen todas esas luchas conquistadas, pues su fuerza radica en la movilización en las calles, en la organización y en la huelga como herramienta política de la clase trabajadora.
Para enfrentar el avance de este autoritarismo y hacer valer nuestras demandas, debemos forjar alianzas con el movimiento obrero, es decir apelar a las organizaciones sindicales para que asuman el programa feminista de clase como propio. Pues no habrá emancipación de la clase trabajadora si los sindicatos siguen dando la espalda a la lucha contra la opresión patriarcal.
Coordinamos acciones de paro de labores productivas y reproductivas. Demostremos que, si las mujeres paramos, el mundo se detiene y la ganancia capitalista se paraliza.
Compañeras, compañeres: La ultraderecha pretende encerrarnos de nuevo en el aislamiento doméstico, un claro ejemplo es el fenómeno Trad Wife, quienes reivindican el regreso a un modelo de ama de casa sumisa, dependiente económicamente de un hombre y dedicada exclusivamente al hogar, esto es un síntoma muy claro de esta ofensiva.
Pretenden que tengamos miedo, que nos dividamos como clase trabajadora, que aceptemos la precariedad como un destino inevitable.
La ultraderecha se derrota en las calles, organizadas, junto al conjunto de la clase trabajadora, con el movimiento obrero, estudiantil y de las disidencias. No hay futuro sin feminismo de clase. La calle y la organización son nuestras herramientas.



