El 14 de junio de 2025, cerca de 5 millones de personas en todo Estados Unidos salieron a marchar contra el gobierno de Donald Trump bajo la consigna “No Kings” (“No Reyes”), convirtiéndose en la protesta más grande en la historia del país. Estas movilizaciones no se limitaron a los tradicionales bastiones liberales, sino que también incluyeron localidades consideradas parte de la base dura del trumpismo. El 18 de octubre de 2025, se repitió el llamado a protestar, reuniendo al menos a 6 millones de personas. Posteriormente, el 28 de marzo de 2026, una nueva convocatoria superó todos los récords anteriores, con aproximadamente 8 millones de personas movilizándose en todo el país.
Las razones del descontento
Para millones de estadounidenses, el gobierno de Trump ha profundizado el deterioro de una democracia ya limitada, históricamente caracterizada por la alternancia entre dos partidos que representan distintos sectores de la clase capitalista. Sin embargo, esta administración se distingue por el uso intensivo y desproporcionado de órdenes ejecutivas y poderes de emergencia para implementar medidas favorables a grupos de poder, sin pasar por el Congreso.
Un ejemplo de ésto es el fortalecimiento de la policía migratoria (ICE), que ha sido utilizada como una especie de policía política contra migrantes que expresan oposición al gobierno, a pesar de que la libertad de expresión está garantizada constitucionalmente. Además, se le acusa de realizar detenciones arbitrarias contra personas no blancas, incluso ciudadanos estadounidenses, lo que refuerza las dinámicas de supremacismo blanco que intentan establecer desde arriba. Asimismo, el gobierno ha desplegado al ICE, la Guardia Nacional y fuerzas militares para intervenir en ciudades y estados gobernados por demócratas, bajo el argumento de combatir supuestas olas de criminalidad. Estas acciones han generado confrontaciones con comunidades locales que buscan proteger a sus poblaciones migrantes. En uno de los casos más graves, estas intervenciones derivaron en la muerte de dos ciudadanos estadounidenses en Minneapolis, lo que incrementó la indignación pública.
A ésto se suman otras medidas polémicas: presiones legales contra universidades por no reprimir completamente las protestas pro-palestinas, ataques a sindicatos —especialmente los del sector público federal—, y la impunidad de figuras políticas tras las revelaciones del caso Epstein, que implican a Trump y su círculo cercano en una red de pederastía. También ha generado rechazo el ataque contra Irán, ampliamente impopular incluso entre sectores de su propia base, que en parte lo apoyaron por su promesa de terminar con las guerras eternas. El aumento en los precios de los combustibles junto con el encarecimiento general del costo de vida, derivado del conflicto y de las políticas arancelarias erráticas, ha contribuido a la pérdida de apoyo entre sus seguidores. Incluso sectores más reaccionarios han criticado el respaldo de Estados Unidos a Israel, aunque ya desde posturas abiertamente antisemitas.
La organización de las protestas
Las protestas “No Kings” han sido impulsadas por colectivos vinculados de alguna manera al Partido Demócrata, como Indivisible Movement y 50501 Movement. En movilizaciones fuera de Estados Unidos, el lema ha sido modificado a “No Tyrants” (“No Tiranos”) para no ofender a los gobiernos verdaderamente monárquicos, lo que evidencia la superficialidad de la consigna. Además, estas protestas carecen de un programa político claro o demandas concretas, funcionando más bien como un canal para redirigir el descontento hacia el sistema político tradicional. Históricamente, el Partido Demócrata ha asumido el rol de contener el malestar social cuando el ala republicana alcanza sus límites, ofreciendo promesas de cambio que rara vez se concretan. Sin embargo, más allá de las intenciones de los organizadores, la sociedad estadounidense muestra una creciente radicalización que intenta romper incluso con los límites impuestos por el Partido Demócrata, una radicalización impulsada por la desigualdad, el deterioro de las condiciones de vida y el declive industrial nacional ante la creciente competencia con China, entre otras cosas. Este proceso es especialmente visible entre la juventud, que ha estado al frente de movimientos como Black Lives Matter y las protestas pro-palestinas. En este contexto, destaca la elección en Nueva York de Zohran Mamdani, un socialdemócrata con discurso socialista, que ha ganado la alcaldía con propuestas como impuestos a los ricos, control de rentas, mayor intervención estatal en el comercio y una postura pro-palestina.
El apoyo de Estados Unidos a Israel, particularmente en el contexto del conflicto en Palestina, se ha convertido en un tema central. Resulta significativo que, por primera vez en décadas, una mayoría de estadounidenses muestre mayor simpatía hacia Palestina que hacia Israel, reflejando una pérdida de credibilidad de los medios tradicionales y de las narrativas que justificaban el intervencionismo estadounidense. En este mismo sentido, la guerra contra Irán carece del respaldo popular que sí tuvo, por ejemplo, la invasión a Irak. El posible despliegue de tropas podría convertirse en un punto de inflexión aún más profundo. De cara a las elecciones intermedias de noviembre, las encuestas anticipan una fuerte derrota republicana frente a los demócratas. Este patrón ya se observa en elecciones locales, donde bastiones republicanos han caído, incluyendo el condado de residencia de Trump, recientemente ganado por una candidata demócrata a pesar de haber apoyado a Trump en las presidenciales.
Sin embargo, el posible fortalecimiento del Partido Demócrata no implica necesariamente un cambio estructural. Incluso figuras como Mamdani, con propuestas más radicales, terminan canalizando el descontento hacia uno de los dos partidos tradicionales capitalistas. Ante la creciente desconfianza hacia ambos, surge la necesidad de una alternativa política independiente que represente verdaderamente a la clase trabajadora y planteé una transformación profunda del sistema.



