El 7 de junio se realizó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Perú, con Keiko Fujimori como representante de la derecha y Roberto Sánchez de la izquierda progresista. Dos semanas después, Colombia celebró su segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella, de la ultraderecha, e Iván Cepeda, del progresismo.
En ambas contiendas triunfó la derecha por menos de un punto porcentual, en medio de acusaciones de irregularidades y señalamientos de presiones de Washington. Los resultados también evidenciaron profundas desigualdades regionales: las regiones periféricas y empobrecidas favorecieron mayoritariamente a la izquierda, mientras las más ricas se inclinaron por la derecha. En el extranjero ocurrió algo similar: las diásporas en países como Estados Unidos dieron alrededor del 80% de sus votos a los candidatos reaccionarios.
El avance de la ultraderecha expresa también la crisis del progresismo latinoamericano. Su incapacidad para romper con el capitalismo y transformar las condiciones de vida de la clase trabajadora ha permitido a la derecha recuperar terreno, profundizar la subordinación a Estados Unidos y defender los intereses de las burguesías que se benefician de la explotación de los recursos de sus países. Este proceso ocurre, además, en medio de la creciente disputa entre Estados Unidos y China por la hegemonía mundial.
Perú
En Perú se repite una tendencia de la izquierda reformista: presentar en la primera vuelta propuestas que parecen cuestionar el neoliberalismo para después moderarlas con el objetivo de conquistar a sectores considerados más conservadores.
Roberto Sánchez encontró un fuerte respaldo en el llamado Perú profundo, históricamente marginado frente a la concentración económica y política en Lima. Propuso colocar bajo control estatal los recursos energéticos, gravar las sobreganancias mineras, renegociar el tratado de libre comercio y fortalecer la educación pública. Sin embargo, varias de estas medidas fueron abandonadas o moderadas durante la segunda vuelta.
Keiko Fujimori, en cambio, triunfó con un programa de mayor militarización y construcción de megacárceles, fortaleciendo los mecanismos represivos del Estado mientras profundiza el modelo neoliberal y extractivista y estrecha la alineación con Estados Unidos.
La crisis política peruana ha sido permanente durante la última década. Los constantes enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso han impedido que los últimos presidentes concluyan sus mandatos, generando una enorme inestabilidad institucional sin modificar sustancialmente el modelo económico.
A ello se suma la rivalidad entre China y Estados Unidos. El puerto de Chancay, desarrollado con capital chino, representa un punto estratégico que preocupa a Washington. Como respuesta, Estados Unidos ha impulsado inversiones para modernizar la base naval del Callao y fortalecer la cooperación militar, buscando preservar su influencia sobre Perú frente al avance chino.
Colombia
En Colombia, Abelardo de la Espriella llegó al poder con un programa orientado a profundizar la guerra interna mediante una mayor intervención estadounidense, en oposición a la política de negociación impulsada por Gustavo Petro y defendida por Iván Cepeda.
De la Espriella propone crear nuevos grupos paramilitares bajo el argumento de garantizar la “seguridad”, construir megacárceles y fortalecer los mecanismos represivos contra una población que ha protagonizado importantes movilizaciones. En materia económica plantea eliminar impuestos, aplicar recortes al estilo de la “motosierra” de Javier Milei y ampliar la explotación petrolera mediante el fracking.
¿Cómo pudo un candidato tan reaccionario llegar al poder? Petro llegó a la presidencia en 2022 canalizando el descontento que había estallado en las calles durante 2021 ante la crisis del neoliberalismo y la violencia contra los sectores populares. Sin embargo, su gobierno nunca planteó una ruptura con el capitalismo basada en la movilización de las masas, sino reformas dentro de las instituciones y negociaciones con los partidos tradicionales.
Estas reformas rápidamente chocaron con los límites del reformismo y con una clase capitalista poco dispuesta a modificar un sistema profundamente desigual del cual se beneficia. La confrontación inicial con los sectores conservadores y con Estados Unidos terminó dando paso a intentos de conciliación.
La violencia terminó siendo uno de los principales factores que debilitaron al gobierno y a la candidatura de Cepeda. La Paz Total no consiguió reducir sustancialmente los niveles de violencia, situación aprovechada por la derecha para promover políticas de “mano dura”. Como ocurre también en México y Ecuador, estas políticas ocultan las causas estructurales de la violencia.
Desde sus primeros días, De la Espriella ha mostrado sus prioridades: permitir una mayor intervención de tropas estadounidenses bajo el argumento de combatir el crimen, restablecer relaciones diplomáticas con Israel y reconocer los Altos del Golán sirios como territorio israelí.
Existe una profunda contradicción en un candidato que se presenta como antisistema y de “mano dura”, pero proviene de una familia opulenta y fue abogado defensor de narcotraficantes y paramilitares.
Conclusiones
A diferencia de la primera década de los años 2000, el capitalismo mundial ofrece cada vez menos margen para concesiones a la clase trabajadora. La confrontación entre Estados Unidos y China intensifica la competencia por mercados, recursos y zonas de influencia. En este contexto, las clases dominantes buscan proteger sus ganancias mediante recortes sociales y mecanismos cada vez más represivos para disciplinar a las poblaciones.
Brasil podría ser el próximo escenario de esta disputa, con Lula enfrentando nuevamente el avance de la ultraderecha. El propio Lula ha llegado a afirmar que nunca fue de izquierda, expresión de una tendencia más amplia del progresismo latinoamericano: renunciar a cualquier perspectiva de ruptura con el capitalismo para limitarse a administrar el orden existente.
Sin embargo, el panorama no es de una victoria absoluta de la reacción. En Perú y Colombia la ultraderecha triunfó por márgenes mínimos, mientras millones continúan movilizándose contra la desigualdad, la violencia y el deterioro de sus condiciones de vida.
La crisis del progresismo no significa que hayan desaparecido las contradicciones que permitieron su ascenso. Lo que existe es una crisis de dirección: millones de trabajadores y sectores populares siguen sin encontrar una alternativa capaz de transformar de raíz las condiciones que producen la explotación y la desigualdad.
Ante el avance de la derecha y la crisis del progresismo, la tarea de los socialistas es construir una organización política independiente de las distintas fracciones de la burguesía, capaz de intervenir en las luchas de la clase trabajadora y plantear una alternativa revolucionaria al capitalismo.



